Aubade (alborada) – philip larkin

Alborada

Versión de Alejandro Bajarlia

Trabajo todo el día y me embriago un poco en la noche.
Despierto a las cuatro bajo la callada oscuridad, y observo.
Con el tiempo los bordes de las cortinas se habrán desgastado.
Hasta entonces veo lo que en realidad siempre está ahí:
la muerte incansable, ahora todo un día más cerca,
haciendo imposible cualquier pensamiento salvo
cómo, dónde y cuándo habré de morir.
Árida interrogación: sin embargo el temor
de morir, y de estar muerto,
refulge otra vez para maniatar y horrorizar.

La mente en blanco ante el destello. No por remordimiento
—el bien no hecho, el amor no dado, el tiempo
arrancado, desperdiciado— ni con desconsuelo,
porque puede tomar mucho tiempo despejar
los erróneos comienzos de una vida, quizá nunca;
sino por el vacío absoluto y eterno,
la segura extinción hacia la que viajamos
y en la que siempre estaremos perdidos. No estar aquí,
no estar en ningún lado,
y pronto; nada más terrible, nada más cierto.

Esta es una forma peculiar del miedo
que ningún truco disipa. La religión solía intentarlo,
ese brocado musical vasto y deteriorado,
creado para fingir que nunca morimos,
y esa cosa engañosa que dice Ningún ser racional
puede temer algo que no sentirá, sin advertir
que eso es lo que tememos: no ver, no escuchar,
no sentir ni probar ni oler, nada con qué pensar,
nada que amar o a qué vincularnos,
el anestésico del que nadie despierta.

Y así, el asunto queda al margen de la visión,
una mancha pequeña y borrosa, un frío permanente
que desacelera cada impulso hasta la indecisión.
La mayoría de las cosas quizá jamás ocurran: ésta sí,
y la noción de ello arde
en una fragua de miedo cuando quedamos atrapados
sin gente ni bebidas. El valor no es bueno:
implica no asustar a otros. Ser valiente
no salva a nadie de la tumba.
Llorar la muerte no es distinto a resistirla.

Lentamente la luz se intensifica y el cuarto cobra forma.
Se muestra plano como un armario, lo que sabemos
siempre lo hemos sabido, sabemos que no podemos escapar,
pero no podemos aceptarlo. Una parte tendrá que irse.
Mientras tanto los teléfonos se agazapan, disponiéndose a sonar
en oficinas cerradas, y el mundo indiferente,
revuelto, alquilado, comienza a levantarse.
El cielo es blanco como la arcilla, sin el sol.
El trabajo nos espera.
Los carteros y los médicos van de casa en casa.


Aubade

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